Polifacética antología. Marina Bianchi

 

TítuloCruzandoK
Cruzando Kazmadán. Marina Bianchi. Università di Bergamo. Comité Editorial QIA
Juan Ceyles Domínguez,
Cruzando Kazmadán. Summa incompleta 1970-2010,
Málaga, Centro Cultural Generación del 27, 2013

La polifacética antología de Juan Ceyles Domínguez (Málaga, 1949) recoge poemas inéditos escritos entre 1970 y 2010, con prólogo de Francisco Chica, imprescindible para detectar las herencias literarias y para situar al escritor en el contexto malagueño de finales de los sesenta y principios de los setenta.

Ceyles se ha dedicado a la publicidad, pero ha cultivado siempre su afición a la poesía, como autor y como promotor: cofundador con Fernando Merlo del Grupo 9 en 1969, hoy es director de Ateneo del Nuevo Siglo (ASN), revista que el Ateneo de Málaga edita desde 2001, y redactor de la revista literaria El Toro Celeste, que fundó junto a Rafael Ballesteros, Francisco Martín Arán y Francisco Javier Torres en 2013. Su poesía, experimental y comprometida a la vez, publicada a veces bajo heterónimos herederos de Pessoa, hasta ahora se había reunido en seis libros: Cartas a Elvira y a Iska (en colaboración con Fernando Merlo, 1970), Paisaje de lumiagos (1987), Versos para enterrar el verano (1993), Inventario de poemas crónicos y metafísicos (1999), In Memoriam (2000) y Antología de la sospecha (2002).

Cruzando Kazmadán, con la exótica referencia del título a un país imaginario, invita al lector a participar en el viaje de la vida, “que no se sabe / dónde / acaba” (p. 113), pero en él caben todas las emociones posibles: “Todo lo que recorre la voz, el viento, la marea; la vida, la risa, / el aguijón, la turba, el concierto” (p. 389). A lo largo del trayecto se respira la inestabilidad de la realidad de la que procede cada una de las reflexiones encerradas en los versos: “el mundo como repertorio” (p. 87), un mundo en perpetuo estado de transformación, dominado por la indiferencia, la abulia y las antinomias, definido como “opaca magnitud / cerrada / agresiva / opuesta” (p. 31), y “corona de espinas” (p. 47) que no permite pensar. Su confusión y su vacío se vuelven tema predilecto y razón de la vana búsqueda de la sensatez que el ser humano actual parece haber perdido: “La ciudad nos desquicia hoy”, porque “ha crecido tanto que ningún pensamiento / puede ya con ella” (p. 115). Como consecuencia, en el poemario priman las visones nocturnas, casi de pesadilla, pero tampoco faltan ocasiones para sonreír o momentos en que, reafirmando su libertad e independencia de las modas literarias –“Soy un poeta promiscuo / Tampoco doy mi fidelidad a ninguna vocación” (p. 181)–, Ceyles juega a veces con las palabras y la neología, otras con un simbolismo hecho de imágenes que recuerdan el Surrealismo, otras con la dimensión visual del poema.

Pese a su incierto éxito, a veces aparece la única fuerza positiva de la existencia, el amor que devuelve al ser humano la identidad perdida en el caos que lo rodea: “en el otro vuelves a ser tú a veces contra sí mismo / ambas partes cierran o abren la guerra y la devoción” (p. 45). Sin embargo, la verdadera protagonista es la ausencia de “cuando amenes / y silencios / han cauterizado / las esquinas” (p. 56), o una presencia ausente: “me cruzo con ojos familiares y fósiles […]” y “ni yo pregunto nada a nadie” (p. 51). El yo está solo y, encerrado en su silencio, le habla a un tú colectivo que no está o no quiere escuchar, denunciando su desconsuelo e incertidumbre, o los males de nuestra sociedad, como el hambre en “Negra África” (p. 54) o la corrupción de la política que busca estrategias para las elecciones (p. 61). A menudo hace preguntas que se quedan sin respuestas: “¿Para qué? ¿Por qué?” (p. 173); “¿quién es? / ¿Qué quiere? / llegar / ¿adónde? (p. 249); ¿Cuál es la ventaja / Si antes de llegar / Ya no hay nada?” (p. 257). La desilusión frente a lo observado evoca al Dámaso Alonso de Hijos de la ira: es un ateismo que se alza como un grito contra Dios, por su falta de intervención y de comunicación –“¿Podría existir un dios por encima de todo esto? / ¿O simplemente un dios con un candado por ejemplo en la boca?”– (p. 57), delatando además la monstruosidad del ser humano –“hombres termita en la tierra destrozada / que nunca acaban de morir” (p. 58). En el largo recorrido de la existencia los días van pasando y en los poemas de las últimas décadas la memoria recobra protagonismo, indicando que el trayecto que ha quedado atrás es más largo del que todavía no se ha recorrido: “El tiempo a veces cruje” (p. 261); el hombre maduro se da cuenta del único sentido posible de sus andanzas: “Tan doloroso y arriesgado viaje / Para encontrar la misma piedra” (p. 257) “Lo intuyo como una raya enorme” “Un frío lienzo intransitable / Algún día” (p. 282), “…y que la nada se me cuela” (p. 294), “en el octángulo de las horas” “hasta entrar / empachados / de la más absoluta / nada” (p. 385). Con la misma sinceridad deslumbrante con la que nos habla del viaje de la vida, comenta ahora el destino final.

Tras la lectura, la sensación es la de un torbellino de ideas, de sensaciones que se vuelven imagen, casi de recuerdos de experiencias vividas en primera persona, porque, al fin y al cabo, el poder de la poesía de calidad es la de volverse espejo de quien se sumerge en ella; seguramente compartimos con el autor nuestro estado de peregrinos: todos somos “venablos lanzados desde un lugar secreto / hacia un país desconocido” y “Nuestra libertad es sólo / irrenunciable consciencia de viajar” (p. 189).

 

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Juan Ceyles