Alfileres a la ropa, espinas al corazón
EDITORIAL]  

 

Edípico será por su ceguera (no porque lo fuera) que, aquí
nadie se acostó con nadie: ¿Esa madre, este niño
de quién es? ¡De las tejas!
¿De qué te quejas?
Solas, desolladas, la color perdida…
esas curvas (lozas lozanas) degradadas (por la vejante dejadez).
¡Qué belleza la ruina, el deterioro!
Las rendijas rendidas al amor, a la pasión
del tiempo (del ultratiempo), las carpantas
picassianas, que voraces sueñan con espinas
“pinchadas en un decoro” –hubiese dicho Matías-
para que no se nos pierdan (como en aquella historia
del bollo y el alfiler).
Esta ciudad –hubiese rematado al genio-: un sueño
que se muerde la cola.

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