Tuve la sensación de estar en un gran teatro,

todos en pie, aplaudiendo.

Y, de repente, del escenario arrancó una gran ola

y se lo fue tragando todo…

En mi terraza, ayer tarde, aplaudiendo,

vi que habían desaparecido algunos vecinos.

Sentí una tremenda desazón.

Esta madrugada todavía me duraba,

y escribí esta especie de epifanía:

 

Ya llegó la ola,

la ola negra turbulenta

removiendo los cadáveres.

Cierro la ventana (casi no me da tiempo).

Ha pillado a mi vecina

con sus niñas adolescentes;

no se han salvado.

Ha sido horrible verlas perder la risa,

sus ojos hundidos

y el pelo ralo como las momias.

 

Y, más abajo, alcanzó a un matrimonio

creyente, justo cuando rezaban

por el prójimo.

Quedaron arrodillados.

No quisimos imaginarlo.

También alcanzó los picos

de las antenas

y se llevó la onda de cordialidad

que habíamos creado.

Rostros a la sombra,

Aplausos timoratos…

Se los llevó

a dos abuelos juntos

que no salieron al patio.

 

Juzgan que la marea durará

aún varias semanas

y que acabará ahogándonos

a todos.

Yo me iré haciendo viejo,

colocaré una silla

y aplaudiré

hasta que mis manos ardan.

Nunca había imaginado

que este iba a ser

mi destino.

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