Lectura en La Cosmopolita: la muerte y el deseo

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Existir sin conciencia de la muerte resta dimensión a la vida. La máxima intensidad de vivir se alcanza en el acto amoroso: la pequeña muerte.

El más alto deseo es la inmortalidad, lo que conlleva el fracaso.

Tal vez, a cambio de morir joven, evitamos la decrepitud.

Mediante el suicidio, pretendemos arrogarnos la libertad de elegir el momento; con la sensación de haberle arrebatado a la muerte esta decisión.

El deseo amoroso; la necesidad de compartir la soledad, el vértigo de la existencia y la cópula generativa; comunión con la naturaleza; padres, hijos, nietos… ; ascendientes y descendientes. Y, más lejos -más profundo e intenso-, el presentimiento que nos retrotrae a la incógnita pre-humanidad.

Esta otra conciencia nos voltea frente al raquitismo existencial de algunos momentos.

No es amor la irresistible y saludable atracción erótica. Amor es una proyección recíproca de inexplicable identidad; una compañía irrenunciable que se interpreta por encima del tiempo y superadora de toda contingencia. Profundo deseo de comprensión de mundo, del ‘alma’ humana.

También en el sexo podemos descubrir una nueva dimensión de la generosidad. Y, tal vez, los mejores poemas del universo. Cuando el deseo erótico quiere ‘cumplir’ con el amor, allí podemos descubrir las mayor dimensión del mundo atribuida al ser humano: sin dejar de ser lo que somos, alcanzamos una plenitud nueva.

Por otra parte, la risa representa el equilibrio de esa gran intuición: esta verdad de la existencia; sin ella, sin esta intuición, la risa acaba siendo estúpida.

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Juan Ceyles