Sobre la decencia

dardo trazado Fot. iadah

Ilustración: Idahe

Ayer tuve ocasión de ver la portada de un libro de Juan Carlos Monedero (Seix Barral) que había comprado un amigo; su título: “Curso urgente de política para gente decente”. Obviando de partida los recursos del márquetin editorial, lo que en principio me importa es la  -pertinente- acotación del título: “…para gente decente”. No se puede empezar ‘mejor’.

Podría interpretarse que quien no compre o lea o se interese por este libro (y/o no comparta sus contenidos) puede considerarse, provisionalmente, en el limbo virtual de los indecentes: al menor descuido caerá de ese lado. Aunque, la mera voluntad de leerlo tal vez podría salvarlo.

Si el libro está orientado a los decentes, va de suyo que el autor ha de ser persona decente; tal vez, el foco de la decencia. Esa ‘pontificación’ del autor parece, cuando menos, ufana.

Aunque, subjetivamente, uno puede creerse el más decente del planeta, siempre conviene acudir a alguna referencia autorizada y contrastarla con la experiencia conocida.

Miramos ‘decencia’ en las diferentes acepciones que nos ofrece el recurrente diccionario de la R.A.E.: 1. Aseo, compostura y adorno correspondiente a cada persona o cosa. 2. recato, honestidad, modestia. 3. Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas.

Parafraseando aquel principio jurídico del Derecho Penal, antes de nada, reclamaría que “todo el mundo es decente mientras no se demuestre lo contrario”.

Paradójicamente, hechos recientes están evidenciando la falacia del título de Monedero.

Para seguir con este ‘juego’ me preguntaría: ¿hay grados de decencia? ¿hay personas absolutamente/perennemente indecentes o decentes? Incluso podemos sugerir algunas posibles paradojas: alguien que considerándose decente adquiriera el libro y que, mientras lo lee, decidiera dejar de serlo (“Ah! ¿esto es la decencia?”). O a la inversa.

No sé si después de tanta presunción y arrogancia me apetece leer el libro; con ese a priori tan… tan… falaz como perverso.

La ética supone un punto de partida, un actitud de compromiso, respeto y rigor. Sin considerar necesario apelar de nuevo al Diccionario: lo de “aseo y compostura…; el recato, la modestia…; la dignidad en los actos y en las palabras…”

Aparte de eso, quien es decente, se atiene a lo que dice, y se posiciona claramente para que los demás puedan interpretarlo. Nadie debe eludir esta posición de partida, menos, un profesor de Universidad que tanto habla de ejemplaridad y que aspira a ser un hombre de Estado.

Mientras no se demuestre los contrario, creo que Monedero…

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Juan Ceyles