fotografía de Ana Ballesteros

Formé parte del Grupo que dirigía Miguel Alcobendas. En el jardín de su casa, una tarde lejana sufrimos un despiadado casting Juan Carlos Ramos, Pedro Luis Barber y yo, entre otros. Miguel exhibía sin dificultad su diametral oposición al Teatro Ara, era la marca de la casa. Hacíamos teatro vivo, talleres de expresión y ortofonía, danza, mimo… Aprovechábamos cualquier ocasión para trabajar como figurantes en el Teatro Cervantes con las grandes compañías nacionales que nos visitaban; «para hacer tablas», nos decía Miguel. En los ensayos nunca faltaba Tomás, el húngaro.
Podría contar suculentas anécdotas. Hacíamos doble sesión; en alguna ocasión se incorporaban Fernando (Merlo) y Paco (Cumpián). Un día nos vimos obligados a hacer un plante, porque intentaron rebajarnos los honorarios.
Digno de mención el rodaje de los comerciales para promocionar la Costa del Sol. En el Hotel Pez Espada, en el mes de febrero. Tuve que saltar desde la palanca de la piscina y repetir la escena varias veces porque Miguel se empeñó en que fuera yo el que saltara. He de añadir que en estos rodajes no cobramos un duro, ni siquiera el transporte en el autobús; nos despachó con una Coca-Cola.
Permanecí en el grupo hasta el último día, cuando suspendimos el ensayo de la obra Bíderman y los incendiarios, de Max Frish, desahuciados de todos los locales, el último de los antiguos Agustinos, donde estuvo la Facultad de Filosofía y que en actualidad se mantiene en una larga espera de destino como Biblioteca, parece.

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